En el Credo confesamos nuestra Fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero, en la práctica, la mayor parte de los creyentes tiene una fe deista. Nunca han descubierto el corazón del Padre. Y quien no conoce al Padre tampoco conoce al Hijo y aún menos, al Espíritu Santo, lazo de amor del Padre y el Hijo. Creen en Dios y le invocan "¡Dios mío!", pero se dirigen a un ser impersonal, abstracto, lejano. El Concilio Vaticano II, como respuesta al ateísmo, ha querido ofrecer al mundo el verdadero rostro de Dios. Por ello ha hablado de la paternidad divina, que eleva a los hombres a la dignidad de la persona humana. A todos los elegidos desde la eternidad, el Padre los conoció de antemano y los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos.
"Orar al Padre es entrar en el misterio, tal como Él es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado" [CEC2770]
Autor: Jiménez Hernández, Emiliano (1941-2007)
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